No es ninguna novedad que, alrededor de todo el mundo desarrollado, gran parte de la población está obsesionada con su cuerpo. En concreto, con la forma de su cuerpo, con su apariencia. Pocos parecen preocupados con “lo que su cuerpo es”, sino más bien con “lo que su cuerpo parece que es”. Incluso muchas personas estarían dispuestas a sacrificar parte de su salud, a cambio de una pinta externa mejor.

Estamos bombardeados continuamente con imágenes de cuerpos estandarizados: corredores fibrosos y espigados, practicantes de fitness musculadas, de traseros y pechos voluminosos, etc. Tras ver estas imágenes, en muchas ocasiones nos miramos al espejo… y no nos gusta lo que vemos. Y esto no siempre está mal: es bueno aspirar a mejorar nuestra condición física que, se refleja en la apariencia.

El problema viene cuando pretendemos que nuestro cuerpo sea algo diferente a lo que es. Cada uno de nosotros tenemos una constitución “de serie”, sobre la cual, según pasan los años, se van notando los efectos de lo que hemos hecho con ella. Esta constitución es, digamos, la forma natural de nuestro cuerpo, y se la denomina morfotipo. En general, se habla de tres tipos de personas según su morfotipo: ectomorfos (tendentes a la delgadez), mesomorfos (tendentes a desarrollar musculatura) o endomorfos (tendentes a almacenar grasa).

Ningún morfotipo es malo en sí, y ninguno nos inhabilita para practicar, con el entrenamiento adecuado, un deporte u otro. Pero, si lo que queremos es estar a gusto con nosotros mismos, bien haremos en conocer y aceptar nuestras tendencias naturales. Y, si lo que queremos es estar además saludables, bien haremos en contar con un profesional capacitado, que sepa como trabajar con lo que los genes nos han dado.