No es una noticia de última hora que, para competir al máximo, debemos entrenar un porcentaje muy alto de nuestras sesiones a baja intensidad. Aproximadamente el 80% del tiempo de entrenamiento. El neozelandés Arthur Lydiard, considerado uno de los mejores entrenadores de atletismo de todos los tiempos (y precursor de running como forma de ocio), ya seguía esta idea, allá por los años 50. También el actual poseedor del récord mundial de maratón, Eliud Kipchoge, cumple en sus entrenos esta proporción. Y, antes que él, Paula Radcliffe, la plusmarquista femenina de los 42 km y 195 m.

La hipótesis, contrastada durante décadas, es que las mejoras más importantes en el rendimiento de los deportistas se producen si en los entrenamientos combinan un bajo porcentaje de trabajo muy intenso (las famosas series), con una mayor parte del tiempo dedicado a esfuerzos suaves (los relajantes rodajes…). Algunos especialistas consideran que respondemos tan bien a este tipo de trabajo, porque sería nuestra forma «natural» de ejercitarnos. Al fin y al cabo, los humanos, para sobrevivir, siempre hemos tenido que combinar intensos esfuerzos más o menos cortos (cazando, cultivando…) con periodos más prolongados de marcha, vigilancia de los hijos, preparación de la comida, etc.

El problema es que nos gusta ir con la máquina forzada, y consideramos que trotar suavemente es una pérdida de tiempo. Un estudio realizado con corredores populares demostró que, sin orientarse por pulsómetro, la mayor parte de ellos consideraba que estaba trotando a baja intensidad, incluso cuando llegaban al 50-55% del umbral de máximo esfuerzo… Lo que, por supuesto, está muy por encima de lo que realmente es un ritmo de baja intensidad.

Estamos, por lo tanto, ante uno de los pocos casos en lo que no se cumple aquello de «en el término medio está la virtud». Y ante un motivo más para descartar lo de entrenar «por sensaciones». Si es que queremos sacar el máximo partido a este entrenamiento.