Este paisaje de viñas en ceniza volcánica es uno de los más famosos de Lanzarote, y además nos enseña una interesante lección. En el siglo XVIII, cuando todo este espacio quedó cubierto de cenizas volcánicas, el dueño de gran parte de estas tierras era el obispo de Canarias, que no vivía en Lanzarote, sino en Gran Canaria. Cuentan que el religioso terrateniente, incapaz de imaginar la magnitud de lo ocurrido, dio la disparatada orden de limpiar las miles de toneladas de cenizas acumuladas en la zona durante los años de erupciones, para recuperar de nuevo las zonas de cultivo que habían quedado sepultadas bajo ellas.

Los sumisos campesinos, aún sabiendo que aquello era imposible, hicieron todo lo que estuvo a su alcance, pero máximo que consiguieron fue perforar un gran hoyo tras otro, en el fondo de cada cual plantaban alguna cosa (inicialmente, no era uva). Los resultados fueron sorprendentes: el rofe conservaba la humedad tan necesaria para las plantas, y los hoyos las protegían del fuerte viento, por lo que habían inventado, sin pretenderlo, un sistema de cultivo revolucionario, e ideal para la zona. La moraleja es que, en ocasiones, la única vía para encontrar la solución es intentar un disparate.

Actualmente, tras varios siglos de cultivo de vid, la Geria es una de las zonas vitivinícolas más especiales del planeta.