Antes de ser conquistada Lanzarote por los europeos, Los Ajaches, las montañas del sur de la isla, eran distintas a como ahora las conocemos. Gracias a tener algo de altura, sus laderas no eran del homogéneo color ocre de la actualidad, sino que existía una cierta vegetación. Entre ella abundaba, por ejemplo, el acebuche, pequeño árbol muy apreciado por los aborígenes canarios. Esto lo usaban para la obtención de leña, y madera para herramientas y armas.

Aunque los siglos posteriores de pastoreo acabaron con esa vegetación, cuando los primeros europeos llegaron, los aborígenes tenían valiosos recursos en estas montañas. Y prueba de que los utilizaban con frecuencia son los abundantes grabados que, de esa época, puedes encontrar en sus rocas.

Quizás un joven pastor aborigen que vigilaba sus cabras desde lo alto de una de estas montañas, fuera el primero que vio llegar los barcos de Juan de Bethencourt y Gadifer de la Salle. Estos mercenarios y aventureros franceses arribaron, cerca de las playas de Papagayo, un día de 1.402, para iniciar la conquista de la isla al servicio de Enrique III de Castilla.

Hay quien dice que la denominación “Ajaches” proviene del nombre del noble aborigen Hache, quien contribuyó a la rápida derrota de los nativos tras traicionar a su rey Guadarfía, desvelando a los conquistadores su paradero. Este, rey, después de ser apresado, justo en la costa de estas montañas, consiguió escapar hacia el centro de la isla, donde encontró a Hache y le dio muerte.

Mientras caminemos o corramos por estas solitarias colinas, podemos imaginarlas con la vegetación que antes tenían. Y, en medio de ella, ver al rey aborigen correr alocadamente, para intentar salvar su vida, y a su pueblo de la desaparición.