La Graciosa fue la última de las Islas Canarias en ser poblada, ya que en ella, entre otras cosas, faltaba el agua dulce. La historia de sus habitantes en la isla tiene poco más de 100 años. Durante el siglo XIX, solo los empresarios de la industria pesquera tenían interés en este árido trozo de tierra, al considerarla como una buena base de operaciones para las campañas de pesca en la cercana costa africana. Muchos veían un negocio prometedor, e incluso el gobierno de EEUU hizo una oferta a España para comprar la isla en su totalidad para estos fines. Finalmente, en 1876, fue el empresario Ramón de Silva Ferro quien persuadió al gobierno español para que le adjudicara temporalmente algunas de esas tierras, con el fin de establecer una industria pesquera, para la que reclutaría como trabajadores a algunos de los habitantes más pobres de Lanzarote.

Sin embargo, el negocio tuvo muchos problemas, entre ellos la propia muerte de Ramón de Silva, y finalmente la fábrica fue abandonada, quedando allí parte de los trabajadores, junto con algunas instalaciones de procesamiento de pescado. Así parece que nació primero Caleta de Sebo y, algunos años después, cuando algunos de estos pescadores se establecieron algo más al norte, el asentamiento de Pedro Barba.

Durante décadas, la vida de los gracioseros fue más dura de lo que cualquiera de nosotros podría imaginarse, bebiendo agua salobre (obtenida del acantilado frente a la isla); comiendo casi exclusivamente productos del mar y unos pocos vegetales, y viviendo fuertemente aislados del mundo en modestas casas de barro y piedra.

Entre las soluciones que tuvieron que idear para superar algunos de estos problemas, crearon un sistema de hogueras (llamadas tegalas), que les permitían comunicarse con la cercana isla de Lanzarote. Por ejemplo, cuando alguien enfermaba de gravedad, debía ser trasladado al médico en Lanzarote, para lo que era cargado a hombros a través del acantilado de Famara. Una vez que el enfermo era tratado, sus familiares eran informados de su estado con un código de distintas hogueras en el borde del acantilado, en lo alto: un fuego significaba que su condición era buena; dos que el paciente empeoraba y tres, que ya nunca regresaría a la pequeña isla, porque en ella no había cementerio.